DE ADMINISTRATIVA Y GESTORA LOGÍSTICA DE FLOTAS A CUIDADORA: LA IMPORTANCA DE LA MIRADA

Hay trabajos que se explican con horarios, contratos o nóminas. Y hay otros que solo pueden entenderse a través de una mirada.

Elena Sanfrancisco recuerda una de esas miradas. Un usuario estaba ingresado en el hospital. Ella tuvo que salir un momento. Bajó a casa, cogió ropa, algo para cenar y volvió. Cuando regresó, él la vio entrar. “La cara que puso no se me olvida”. No necesita explicar más. A veces, treinta años de vida laboral caben en una expresión de alivio.

Porque Elena ha trabajado antes en muchas cosas. En otros sectores incluso. Esta madrileña cuya vida profesional estaba muy ligada a la empresa privada con posiciones en áreas administrativas y la gestión logística de rutas comerciales a nivel nacional terminó en Ávila por motivos personales. Y en Ávila encontró en el tercer sector un camino para seguir adelante. Un camino que le abrió las puertas del mundo de los cuidados, y de los cuidadores. Con una trayectoria que la ha conducido por hospitales, residencias y centros de atención a personas con discapacidad, hace algo más de un año llegó a PRONISA y actualmente es una de las cuidadoras que prestan sus servicios en la viviendas del programa “Mi Casa”, que PRONISA tiene activas en la Avda. de los Derechos Humanos.

24 personas usuarias con grandes necesidades desinstitucionalizadas y repartidas en 3 viviendas que disfrutan de un modelo de vida totalmente impensable hace no tantos años.

Llegué desde Madrid y tuve que empezar una vida en Ávila, con estabilidad laboral. Y por ahora esa vida la he encontrado en PRONISA. Aunque quizá también he encontrado algo más”, comenta Elena

 

Cuando cuidar deja de ser una profesión

Habla despacio, sin grandes discursos, sin frases preparadas, pero con mirada firme. Y no romantiza el trabajo, reconoce el cansancio que se acumula por los horarios, y la exigencia de un trabajo que supone acompañar a personas con grandes necesidades de apoyo. Porque Elena ha dejado de trabajar con mercancias para empezar a hacerlo con personas.

No todos los días tienes el mismo ánimo”, admite, pero vuelve una y otra vez a la misma idea: la gratificación. No la de quien recibe un reconocimiento, otra diferente, más silenciosa. La de quien descubre que alguien depende de su presencia. Que una persona enferma se tranquiliza porque tú has llegado, que una mirada cambia, que una mano en el hombro importa.

Hay personas usuarias que no hablan, pero agradecen tus cuidados y que estés ahí. De una manera que traspasa la comunicación verbal, que conecta, casi como si fuese una energía. Ellos saben perfectamente cuándo reciben cariño. Lo notas especialmente cuando están enfermos o vulnerables”, asegura convencida. “Es algo además que le pasa a todo el mundo. Como enfermera también he tenido relación directa con pacientes, con personas enfermas, y al final cuando alguien se siente vulnerable su agradecimiento por tu trabajo siempre está ahí, de manera universal. Aunque en este caso, con las personas dependientes, todo es mucho más especial y te llega definitivamente de otra manera”, añade.

 

 

La revolución tranquila de vivir en una casa

Elena trabaja en uno de los modelos residenciales más alejados de la institucionalización tradicional. No habla de centros, habla de casas. Casas con jardín, con habitaciones propias, con rutinas parecidas a las de cualquier familia, con cumpleaños, con televisión, con paseos por el barrio, con familiares que entran sin atravesar protocolos rígidos, con personas que viven y conviven.

Parece una diferencia pequeña, pero para ella no lo es. “Ojalá todo fuese así”, dice. Y después imagina un futuro en el que haya menos grandes instituciones y más hogares. Porque cree que algo cambia cuando una persona deja de sentirse alojada y empieza a sentirse en casa.

También cambian las familias.Están más integradas, más cerca, más presentes, más tranquilas”, explica.

 

El cuidado que no aparece en los manuales

Hay una frase que Elena pronuncia casi al final y resume años enteros de experiencia: “Cuidar a alguien no es solo darle de comer o vestirle. Eso puede hacerlo cualquiera. Lo difícil es arropar”.

Arropar. Una palabra sencilla, casi doméstica. Pero quizá ahí esté la diferencia entre atender y acompañar, entre supervisar y sostener, entre trabajar y permanecer.

después de años trabajando con personas enfermas, mayores o con discapacidad, Elena parece haber llegado a una conclusión sencilla: todos necesitamos lo mismo, da igual la edad, da igual el diagnóstico, da igual cuánto podamos explicar con palabras. “Hay momentos en los que una persona solo necesita saber que alguien está ahí, apunta.

Y cuando se le pregunta qué desea para el futuro de las personas a las que cuida, no habla de grandes políticas ni de objetivos ambiciosos (aunque sí echa en falta más recursos e impicación por parte de las administraciones), pide algo más elemental: que estén tranquilos, que sean felices, que se sientan protegidos, que alguien siga arropándoles.

#ProtagonistasPronisa

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